Feliz Año 2017

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"En la cárcel y en el hospital, se conoce a los amigos (yo agregaría en el desamor)". "Un verdadero amigo (médico) nunca mentirá para hacerte feliz; siempre dirá la verdad, aún si ésta duele". Quizá sean dos frases que los jefes de hospitales deberían mandar bordar en los uniformes de los enfermeros de todo hospital.  A veces ni son necesarias saberlas, pero cuando es el padre nuestro de cada día de los enfermeros, tanto en los pasillos como al momento de dar consuelo a sus pacientes; quizá ahorraríamos mucha logística si los hacemos eslogan para sus uniformes blancos y pulcros.
Estar convaleciente y en el hospital, no sólo es algo indeseable; también es algo que requiere de la mejor compañía para que todo sea más llevadero. En mi caso, y sin que lo esperara, me tocó estar más cerca del maestro Armando Fuentes Aguirre, se convirtió en el mejor de los amigos que no faltó un sólo día en la habitación de aquel hospital, que dicho sea de paso y buscando no me perdiera, siempre tuvo el mismo número: 2017. Tenía toda la prospectiva del año que me espera para vencer cualquier obstáculo, además de encontrarse en el segundo piso.

Fuentes Aguirre no sólo me arrancaba sonrisas, me psicoanalizaba hasta encontrar lo que él buscaba, peor que una terapia de electroemociones. Él mismo, sin que lo supiera, me ayudó a encontrar la palabras con las cuales deseo despedir el 2016 y comenzar el 2017:

Chema Pitol Vargas estaba triste. El año se le había ido como agua entre los dedos. Había leído mucho, sí; pero leer no es todo.
Había escrito mucho, sí; pero escribir es poco.  Se afligía Chema Pitol; se preguntaba a dónde se habían ido aquellos 365 días que perdió.
En eso escuchó ruidos alegres en el patio: reía su mujer (su cusinela); gritaba su hijo (un unicornio azul arrebato por confundir una tradición con el sentido del sacramento del matrimonio); ladraba su perrita Emilia, y la vieja criada de la casa cantaba una "Knockin' On Heaven's Door" de Bob Dylan. Pensó Chema Pitol que amaba a su mujer, y amaba a su hijo y a su perro, y a la vieja criada, y a su canción, y al mundo. Aunque no había hecho nada en todo el año, había amado... había aprendido a amar.
Entonces oyó una voz dentro de sí. La voz que le dijo, que no perdió sus días si en ellos puso amor. No supo Chema Pitol si esa voz era la voz de Dios o era la voz de la vida,  o la voz de Conchita (su ángel de la guarda), pero supo que era una voz verdadera y, sobre todo dictado desde su corazón, una voz honesta; porque el amor es siempre la mayor verdad.
En verdad le quiero agradecer a Armando por su compañía "incondicional". Por ayudar a ponerle texto al año que se va y al que está por venir. Armando siempre se ha despedido de una manera sutil y perfectamente llena de "esperanza"... ¡Hasta mañana!...

¡Feliz 2017!



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